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“En la obra de González Tuñón se siente la respiración del poeta”

El Centro Cultural Rojas fue escenario del primer homenaje por el 30º aniversario de la muerte del poeta, que se cumple este sábado.

Por Silvina Friera

El toque de magia y funambulismo de la poesía de Raúl González Tuñón no se agota en la dinámica de sus libros. Este trotamundos y prestidigitador fantástico, que vivía el poema en carne propia, cautivaba por su forma de vivir, tan alucinada y grotesca como la que postulaba en muchos de sus versos. A casi 30 años de su muerte, que se cumplirán este sábado, el Centro Cultural Rojas organizó un homenaje al autor de La calle del agujero en la media, del que participaron su hijo Adolfo, el músico Juan “Tata” Cedrón, el escritor y editor José Luis Mangieri y la crítica María Gabriela Mizraje. “Conozco su obra como lectora apasionada, pero no conocí al hombre en el mano a mano. Pero cuando uno se compenetra con un autor a través de sus textos, imagina rictus y expresiones y llega a ponerse en contacto con él de un modo que es tan maravilloso como la presencia física”, señaló Mizraje. “Tuñón es, sin duda, uno de los mejores poetas de la literatura argentina; es superior a muchos otros que ocupan un lugar bastante más enfático en el canon.”
Mizraje subrayó que González Tuñón era poeta todo el tiempo: cuando caminaba y cuando escribía en otros géneros. “Uno siente esa respiración de poeta cuando lee sus páginas en prosa o cuando lee sus obras de teatro, como aquella formidable que escribió con Nicolás Olivari Dan tres vueltas y luego se van”, explicó la crítica y ensayista. “Fue un poeta de una sensibilidad incomparable que poblaba los escenarios urbanos con personajes, que él definía como angélicos, por más diabólicos que parecieran. Estos personajes resultan entrañables, tanto se trate de muchachas llenas de frescura y de candor como de prostitutas que cargan con el peso de la sordidez de su oficio. Tiene una mirada tan amplia, comprensiva y humana, que es imposible, mientras lo leemos, además de disfrutarlo, no meterse también con el personaje Tuñón.” Adolfo González Tuñón confesó que cuando piensa en su padre recuerda unos versos de La calle del agujero en la media: “Tenía unos pocos sueños iguales a los sueños/ que acarician de noche a los niños dormidos./ Tenía el resplandor de una felicidad/ y veía mi rostro fijado en las vidrieras/ y en un lugar del mundo era el hombre más feliz”.
“Ese resplandor de la felicidad acompañó siempre a papá. Tenía una manera de ver y estar en el mundo como poeta todo el tiempo. Héctor Yánover decía que Tuñón estaba tocado por el dedo de Dios, que era poeta desde siempre”, agregó Adolfo. “Los críticos que definen la poesía de mi padre hablan de varias etapas: la primera muy relacionada con la lectura y el descubrimiento de la vida y del mundo, una segunda etapa muy politizada con La rosa blindada, la guerra civil española, la segunda Guerra Mundial y los primeros años de la guerra fría. Y una tercera etapa más nostálgica, de revisión de su pasado de una manera creativa. Pero esa primera etapa de aventura se prolonga porque él lleva a la política el alcance revolucionario de la militancia, esa gran fiebre abrazadora, un poco como consecuencia de esa manera de estar en el mundo.”
Adolfo recordó una anécdota juvenil de las tantas que le contaba su padre. “Unos malandras, que conoció en los piringundines del Paseo de Julio, le ofrecieron la posibilidad de viajar a París como polizón. Para esto tenía que pagar 150 pesos, que no tenía, y que se los regaló Ricardo Güiraldes. Le hicieron dos o tres comilonas de despedida. Los malandras le dijeron que esperara en unos cajones en el puerto. Cuando llegó la mañana, papá, humillado, comprendió que no podía volver a presentarse ante sus amigos y, como no sabía bien qué hacer, se fue a Santa Fe. Mi abuelo era zapatero y tenía una fábrica, y papá fue a trabajar allí. A los tres o cuatro meses hubo un recital de poetas jóvenes en Santa Fe en el que papá recitó. Ocasión que aprovecharon mis abuelos para decirle que un poeta de su importancia no podía estar arreglando zapatos. Con los criterios comerciales que utilizó siempre mi padre, la zapatería hubiera durado dos o tres meses más.”
José Luis Mangieri recogió el guante y se despachó con otra anécdota bien tuñonesca. “El perteneció a esa maravillosa generación del ’22, con Borges, con su hermano, Enrique, con Roberto Arlt. Todos trabajaban en Crítica. En la redacción se lo pasaban timbeando. Un día Botana dijo ‘acá no se timbea más, si no los echo a todos’. Pasaron unos quince días y Botana, que veía que nadie timbeaba, amenazó: ‘O me dicen cómo timbean o los echo a todos’. Raúl le contestó: ‘Pero si te decimos, nos vas a dejar timbear’. Timbeaban con el ventilador. En las paletas del ventilador habían puesto números, y en el techo también. Entonces apretaban el ventilador, lo paraban y donde caía, caía. ¡Qué época! ¿no?”, comentó Mangieri. Aunque Cedrón tenía pensado cantar una canción de Tuñón, no pudo hacerlo a causa de un resfrío. Sin embargo, después de recitar Los ladrones (poema de Canciones del tercer frente) dijo: “Aprendí mucho con Raúl, me hablaba de los tangos, de la poesía, de cómo se bailaba, de que el tango era alegre. Hay palabras de Raúl que son mágicas”. A 30 años de su muerte, la magia continúa.


 

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